Dulce Madre Inmaculada en ti se refleja para mí el reino de Dios; eres tú quien, en medio de mis dificultades, me enseña a amar al Señor. Frente al enemigo, tú eres mi escudo y protección.

Te suplico, oh Madre, la Madre de los cielos, de encender en mí el fuego del amor divino, así como arde en tu Inmaculado Corazón cuando el Verbo se hizo carne...
Oh Virgen, toda pureza y toda humildad, ayúdame a obtener una profunda humildad. Amén.
Santa Faustina (+ siglo VI)
Un minuto con María
mariadenazareth.org
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