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lunes, 25 de mayo de 2015

El Carpintero


Un viejo carpintero estaba listo para retirarse. Le comunicó a su jefe sus planes de dejar el trabajo en la industria de la construcción de casas y vivir una vida mas placentera con su esposa y su familia. El echaría de menos el salario que recibía pero quería retirarse.

El jefe estaba triste de ver que un buen empleado se retiraba y le pidió, como favor personal, que construyera una última casa. El carpintero dijo que sí pero con el tiempo se vio que su corazón y su esfuerzo no estaban en el trabajo. No hizo bien su labor y seleccionó materiales de baja calidad. Fue la peor casa que había construido en su vida.

Fue una manera infortunada de terminar su carrera. Cuando el carpintero terminó el trabajo y el jefe vino a inspeccionar, le abrió la puerta al carpintero, lo invitó a seguir y le dijo "Esta es tu casa, mi regalo para ti".
¡Qué lástima! ¡Qué arrepentimiento! "Si hubiera sabido que esta casa iba a ser para mí, la construyo de manera diferente" dijo el carpintero.
Ahora tenía que vivir en la casa que él mismo había construido y era un desastre.

Lo mismo sucede con nosotros. Construimos nuestra vida de una manera displicente, de una manera reactiva en lugar de positiva. Esperamos en lugar de actuar. Ponemos mucho menos de lo que tenemos en nuestros esfuerzos y vivimos en una permanente queja tratando de culpar a los demás de nuestra situación.

En cosas importantes, con la familia, amigos, el trabajo, etc., no damos lo mejor que tenemos. Entonces, con sorpresa, nos encontramos viviendo en la casa que nosotros mismos hemos construído. "Si lo hubiera sabido, habría actuado diferente" pensamos.

Piense en Ud. mismo como el carpintero. Piense acerca de su casa. Cada día, cuando tenga que clavar un clavo o levantar una pared, hágalo sabiamente, hágalo con amor y dé lo mejor que tiene. Es la única vida que llegará a construir. Aún si vive solo por un día más, ese día merece vivirse de una manera digna y gratificante.


"LA VIDA ES UN PROYECTO DE AUTOCONSTRUCCIÓN". Su vida hoy es el resultado de sus actitudes y decisiones del pasado. Su vida mañana será el resultado de sus actitudes y decisiones de hoy.



martes, 12 de mayo de 2015

Oración para niños al Beato Álvaro del Portillo



Jesús, Tú que amaste al beato Álvaro: ayúdame a quererte mucho, como él te quiso a Ti, a la Virgen María y a san José.

Don Álvaro: Ayúdame a ser obediente a mis padres y profesores. Ayúdame a portarme bien con mis hermanos y mis amigos. Ayúdame a estudiar mucho también cuando no tenga ganas, y a ser muy generoso con los demás.

Ahora reza el Padrenuestro 
(Padre nuestro, que estás en el cielo...).

Con licencia eclesiástica

http://opusdei.es/es-es/article/rezar-a-don-alvaro/

sábado, 2 de mayo de 2015

El arte de la felicidad




La felicidad no depende de lo que pasa a nuestro alrededor... sino de lo que pasa dentro de nosotros. La felicidad se mide por el espíritu, con el que nos enfrentamos a los problemas de la vida.

La felicidad...¡es un asunto de valentía!; es tan fácil sentirse deprimido y desesperado... La felicidad...¡es un estado de ánimo! no somos felices en tanto no decidamos serlo.

La felicidad...¡no consiste en hacer siempre lo que queramos!; pero sí en querer todo lo que hagamos.

La felicidad nace de poner nuestro corazón en el trabajo... y de hacerlo con alegría y entusiasmo. La felicidad, no tiene recetas... cada quien la cocina con el sazón de su propia meditación.

La felicidad no es una posada en el camino, es la forma de caminar por la vida!

sábado, 21 de marzo de 2015

¿Y cómo puedo educar a mi hijo?



El sacerdote estaba fuera de la iglesia. Saludó a Manuel, un parroquiano al que conocía desde niño, y le preguntó por la familia.

        —Mi mujer muy contenta, gracias a Dios. ¿Los niños? La pequeña ya pronto cumple 3 años, y sigue muy obediente en todo. En cambio, no sé qué hacer con el que tiene 5 años.

        —¿Le ocurre algo?

        —Llora continuamente. Cuando le pegan en la escuela no sabe defenderse y se encierra en sí mismo. Otras veces en casa llora apenas le decimos que no a algo que quiere.

—Habla con él. No “de hombre a hombre”, pero sí como papá.

—Lo hago en ocasiones. Comprenda que llego tarde y cansado del trabajo. 

Busco un momento para ver si le pasa algo, si puedo darle un consejo. Pero lo siento distante. Parece que no encontramos un modo para entrar “en sintonía”. Me escucha, pero no sé si me comprende. Tampoco sé si acepta lo que le digo, o si tiene algo dentro de sí que le hace encerrarse cada vez más en sí mismo.

        El sacerdote quedó un momento en silencio. No era la primera vez que escuchaba a un padre de familia con problemas a la hora de hablar con sus hijos. Y los problemas siempre se hacían mucho más serios cuando llegaba la adolescencia.

        Luego, como si hubiera recibido una luz superior, abrió los ojos y miró a su amigo.

        —Mira, Manuel, estamos ante algo que puede ser normal o que puede ser más serio. Pero en los dos casos, tenemos un camino muy grande, como cristianos, para vivir cualquier situación familiar: la oración continua con el Espíritu Santo.

        —No crea que no rezo por mi familia, especialmente por el mayor.

        —Sí, eso es muy, muy importante. Pero lo que quiero decir es otra cosa. Se trata de rezar así: “Espíritu Santo, ayúdame a comprender a cada uno de los miembros de mi familia. Ayúdame a escuchar lo que hay en el corazón de cada uno. Ayúdame a saber cuándo debo callar y cuándo debo hablar. Dame luz para que sepa decir a cada uno lo que más necesite, para escuchar con cariño a todos”.

        —Es una oración muy bonita. De verdad es que tenemos un Consuelo muy especial en el Espíritu Santo.

        —Y un Amigo que sabe dar mucha más luz de la que imaginamos. Por eso, cuando vas a hablar con tu hijo, comenta con el Espíritu Santo qué puedes preguntar, cómo comprender mejor al hijo, qué decir y cómo decirlo. Verás que te da una gran ayuda.

        —Sí, la necesito, pues eso de ser padre es como una nueva carrera. Yo pensaba de mí que era una persona madura, que ya sabía lo que es la vida. Sin embargo, tengo que aprender continuamente nuevas cosas a la hora de tratar con los hijos.

        —La verdad es que siempre estamos aprendiendo, Manuel. También yo, como sacerdote, necesito “estar al día” para afrontar los mil problemas de la vida de tantas personas. Pero lo importante es no dejar de lado lo esencial. Tú, yo, tu hijo, todos, vivimos desde el Amor de Dios y caminamos hacia el Amor de Dios. Si nos acercamos a Dios, si le “tomamos la mano”, se hace un poco más fácil el camino.

        —Gracias, padre. Ya me esperan en el coche. Rece por mí y por mi familia.


        —Rezo siempre por todos. Ojalá que así, en la oración, nos encontremos siempre unidos. Por cierto, ¿rezas con tu hijo? Verás que es una de las experiencias más bonitas. Incluso la más “educativa”, pues así no sólo tú rezas por el hijo, sino que rezas con el hijo y con todos. El Espíritu Santo no puede desoír la oración de una familia. Y si puede entrar entre vosotros, encontrarás fácilmente nuevos caminos para hablar con tu hijo, y tu hijo tendrá cada vez mayor confianza y alegría de vivir entre unos padres que lo aman y que le ayudan a amar a Dios.


Fernando Pascual, L.C.

martes, 10 de marzo de 2015

El cuaderno rojo


El cartero le entregó el telegrama y mientras Roberto le daba las gracias y empezaba a leerlo, no podía evitar que su cara mostrara una expresión de sorpresa más que de dolor.
Eran unas palabras breves y precisas: “Tu padre falleció. Lo sepultaremos mañana a las 18 horas. Mamá”

Roberto se quedó como estaba, de pie y mirando al vacío.

No sintió dolor, ni derramó ninguna lágrima, era como si hubiera muerto un extraño.
¿Por qué no sentía nada por la muerte de su padre?
Con un torbellino de pensamientos confusos en su mente, avisó a su esposa y emprendió viaje hacia la casa de sus padres. Mientras viajaba en silencio sus pensamientos pasaban por su mente a toda velocidad.
No tenía deseos de ir al funeral, sólo lo hacía para acompañar a su madre y tratar de aliviar su tristeza. 
Ella sabía que padre e hijo no se llevaban bien, desde aquel día de lluvia en que una serie de acusaciones mutuas, obligó a Roberto a irse para no volver nunca más.
Pasaron los años y Roberto vivía cómodamente. Se había casado y formado una familia, pero sólo se acordaba de su madre para su cumpleaños o alguna festividad.
A su padre sin embrago lo había borrado de su mente. Desde aquel fatídico día jamás lo vio ni habló con él. Jamás pudo superar el odio que sentía hacia él.
En el velatorio se encontró con pocas personas. En un rincón del salón vio a su madre pálida, débil. Se notaba que había sufrido mucho. Tal vez porque siempre deseó que las cosas terminaran de otra manera.
Cuando vio a su hijo, lo abrazó mientras lloraba silenciosamente, fue como si de pronto hubiera perdido toda esperanza.
Después, Roberto vio el cuerpo sereno de su padre. Estaba envuelto por un manto de rosas rojas, como las que al padre le gustaba cultivar. Pero de los ojos de Roberto no cayó una sola lágrima, su corazón herido no se lo permitía.
Se quedó con su madre hasta la noche, la besó y le prometió que regresaría con sus hijos y su esposa para que los conociera.
Ahora, por fin podría volver a su casa, porque aquella persona que tanto había odiado, ya no estaba en este mundo. Era el fin de la humillación, de las críticas, de los consejos ácidos de un sabelotodo. Por fin podría reinar esa paz que siempre quiso experimentar. 
En el momento de la despedida la madre le colocó algo pequeño y rectangular en la mano
-Hace mucho tiempo podrías haberlo recibido, le dijo. Pero, sólo después de que él murió lo encontré entre sus cosas más importantes.
Roberto no le dio mucha importancia y emprendió el viaje de regreso. Unos minutos después de haber comenzado el viaje, se acordó y quiso averiguar de qué se trataba lo que le había entregado su madre.
Después de desenvolverlo con cuidado vio un pequeño cuaderno de tapa roja.
Era un libro viejo y sus páginas habían quedado amarillentas por el paso de los años y al abrirlo pudo leer en su primera página algo que había escrito su padre:

• Hoy nació Roberto, pesó casi cuatro kilos. ¡Es mi primer hijo, estoy muy feliz y mi corazón salta de alegría!

El relato continuó apasionando a Roberto, que con un nudo en la garganta, seguía leyendo:

• Hoy, mi hijo fue por primera vez a la escuela. Es todo un hombrecito. Cuando lo vi con el uniforme, me emocioné tanto que no pude contener las lágrimas. Le pido a Dios que lo guarde y le de sabiduría para ser un hombre de bien.

La emoción de Roberto iba en aumento y el dolor de su corazón cada vez era más intenso, mientras por su mente comenzaban a resurgir imágenes del pasado.

• Roberto me pidió una bicicleta, mi salario no es suficiente, pero él se la merece porque es muy estudioso y dedicado.
• Así que pedí un préstamo y se la compré. Espero poder pagarlo con las horas extras.
• La vida de mi hijo será diferente a la mía, yo no pude estudiar. Desde niño me vi obligado a ayudar a mi padre, pero deseo con todo mi corazón que mi hijo no sufra ni padezca situaciones como las que yo viví.

Roberto no podía creer lo que estaba leyendo, era como si un mar de dolor inundara su conciencia. Vinieron a su mente los recuerdos de su adolescencia, como se quejaba a su padre por no tener bicicleta como sus amigos… y continuó leyendo.

• Es muy duro para un padre tener que castigar a su hijo, sé que me odiará por esto, pero es la forma en que creo debo educarlo para su propio bien.
• Fue así como aprendí a ser un hombre honrado y esa es la única forma en que soy capaz de educarlo.

Roberto cerró los ojos y recordó la noche cuando por causa de una fiesta en su juventud hubiera podido ir a la cárcel. De hecho todos sus amigos pasaron la noche allí. Sólo lo evitó, el que su padre, precisamente esa noche, no le permitió ir al baile con sus amigos.
También recordó otra oportunidad en la que no le concedió permiso para salir. Esa vez el auto en el que debía haber estado, chocó y quedó totalmente destrozado contra un árbol. Le parecía casi oír las sirenas y el llanto de toda la ciudad mientras sus cuatro amigos eran llevados al cementerio.
Las páginas se sucedían con todo tipo de anotaciones, llenas de respuestas que revelaban en silencio, la tristeza de un padre que lo había amado tanto.

Por fin llegó a la última página y leyó:

Son las tres de la mañana, ¿Dios, qué hice mal para que mi hijo me odie tanto?
¿Por qué soy considerado culpable, si no hice nada de malo, solo intenté educarlo para que fuera un hombre de bien?
Mi Dios, no permitas que esta injusticia me atormente para siempre.
Te pido perdón si no he sido el padre que él merecía tener y deseo de todo corazón que me comprenda y me perdone.

Estas fueron las últimas palabras de un hombre que, aunque nadie le había enseñado, a su manera intentó ser el mejor padre.
El mundo quizás podía verle como demasiado duro o intransigente, pero en lo más íntimo de su ser había un hombre tierno y lleno del amor de Dios, que nunca supo como expresarlo ni a su propia familia.
La aurora rompía el cielo y un nuevo día comenzaba, Roberto cerró el cuaderno, se bajó en la primera estación y regresó de nuevo hacia donde habían vivido sus padres.
Regresó quizás deseoso de que todo hubiera sido un mal sueño, de poder encontrar a su padre con vida y pedirle perdón por todo el mal que le hizo, pero no...
Gritó frente a su tumba, hubiera querido poder abrazarlo, pero solo encontró un profundo silencio.
Destrozado, fue a ver a su madre. Antes de entrar en la casa vio una rosa roja en el jardín; acarició sus pétalos y recordó como su padre las cuidaba con tanto amor. Esta fue la manera de encontrar paz en su corazón, ya que mientras acariciaba esa rosa, sintió como si acariciara las manos de su padre y descargara su dolor para siempre. Calmado ya, con voz suave se dirigió a su padre muerto: “Si Dios me mandara a elegir, no quisiera tener otro padre que no fueras tú. Gracias por tanto amor y perdóname por haber sido tan ciego”
Esta lección le hizo reflexionar, ya que él también era padre y se dio cuenta de que no estaba dando lo mejor de si, ya que las ocupaciones, los problemas y el stress, habían creado un silencio entre él y sus hijos.
A partir de ahora, decidió que su vida cambiaría radicalmente y que se compraría un cuaderno de tapa roja para poder anotar cada una de las historias que a partir de ese momento sucedieran en su familia.
“La adolescencia y la juventud son los únicos problemas que sólo se solucionan con el tiempo”
.



jueves, 5 de marzo de 2015

JESÚS ESTÁ EN LA VENTANA



Durante el verano, Juan y su hermanita Teresa fueron a pasar unos días a la granja de sus abuelos. Como el niño no paraba quieto, su abuelo le dejó que jugara fuera y que practicara con su tirachinas. No lograba darle a ninguna de las latas que había preparado para hacer blanco. Desanimado, se dispuso a regresar a casa para cenar.

Mientras caminaba de regreso, vio un pato, al parecer el más querido por su abuela. Y, como un impulso, cogió el tirachinas y lanzó la piedra, sin pensar que podría acertar. Le dio al pato en plena cabeza y cayó en redondo. Él estaba impresionado y consternado. En un momento de pánico, escondió el pato muerto detrás de unas maderas. En ese momento vio que su hermana lo estaba observando. Teresa lo había visto todo, pero no dijo nada. Después del almuerzo del día siguiente,  la abuela dijo:

- Teresa, vamos a lavar los platos.

Pero Teresa dijo:

- Abuela, Juan me ha dicho que él quería ayudarte en la cocina.

Luego le susurró a él:

- ¿Recuerdas lo del pato?

Así es que Juan lavó los platos.

Más tarde, ese mismo día, el abuelo les preguntó a los niños si querían ir a pescar, y la abuela dijo:

- Lo siento, pero necesito que Teresa me ayude a hacer la compra.

Teresa sonrió y dijo:

- Bueno, no hay problema, porque a Juan le apetece mucho ayudar a la abuela con la compra.

Ella, de nuevo, se acercó a su hermano y en voz baja le dijo:

- ¿Recuerdas al pato?

Así es que Teresa se fue a pescar y Juan se quedó ayudando.

Después de varios días en los que Juan hacía tanto sus tareas como las de su hermana, no aguantó más y decidió poner fin a lo que le estaba fastidiando las vacaciones. Le confesó a su abuela que había matado al pato.

La abuela reaccionó rápido, abrazó a su nieto y le dijo:

- Corazón, ya lo sabía. ¿Sabes? Yo estaba en la ventana cuando sucedió y vi todo lo que pasó. Pero, porque te quiero, te perdono. Sólo me preguntaba cuánto tiempo tardarías en decidirte y en permitir que tu hermana Teresa te hiciera chantaje. Nunca hay que tener miedo a decir la verdad, además siempre puede haber alguien que te vea por la ventana. Me preguntaba cuánto tiempo mas permitirías que Teresa te hiciera su esclavo.

Moraleja: 

Lo que hayas hecho en tu pasado y el Diablo continúe restregándotelo en tu cara (mentiras, odios, ira, falta de perdón, amargura, robos, etc.), cualquier error que hayas cometido, has de saber que Jesús estaba parado en la ventana y Él vio todo lo sucedido. 

Él ha visto tu vida completa y quiere que sepas que te Ama y que si le pides perdón, confesándote con un sacerdote, estás perdonado. Él sólo se está preguntando cuánto tiempo más dejarás que el Diablo te esclavice. 

Lo maravilloso de Jesús es que cuando tú pides perdón, Él no sólo te perdona si no que lo olvida, porque nos salva por medio de Su Gracia y Su Misericordia. 

Y recuerda siempre que... ¡Jesús está en la Ventana! 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Decálogo para el curso


1 Organízate. Ordena tus cosas. Funcionarás mejor. 


2 Pide a Dios que te abra el apetito por la ciencia, por el estudio, por la responsabilidad. La etapa que inicias es inversión para el mañana.

3 Aficiónate a la lectura. Mucha televisión te distraerá, no te va a costar; leer sí te costará. El saber leer te llevará al éxito en los estudios. 

4 Sé responsable. Esfuérzate y da tu propia respuesta a las ofertas de estudio y de trabajo de los profesores. 

5 Iluciónate. Mira siempre adelante, con ojos limpios. Con ilusión todo te será más fácil y será un buen motor para avanzar con ganas. 

6 Sé buen compañero, sé buena compañera. Amable, cariñoso y atento. 

7 Utiliza los medios, libros, bolígrafos. No vale decir: “Se me ha olvidado”. 

8 Ten buenos modales. Usa palabras educadas, lávate la boca si se te escapa alguna grosería. 

9 Respeta la vida. Apréciala y que se vea que es así en personas, animales y plantas. 

10 Procura siempre hacer bien las cosas. Te sentirás mejor y te irás superando y estarás satisfecho y contento de ti mismo. Te auto-estimarás y esto va a ser la base de tu superación en todo. 


http://reflejosdeluz11.blogspot.com/

martes, 24 de febrero de 2015

Decálogo para el nuevo curso


1. Que los errores del año pasado no te impidan avanzar en aquellos proyectos e ideales que te marcaste: aportará ilusión a tu trabajo.

2. Vive con intensidad lo que haces. Cuando uno disfruta con lo que aprende o enseña, se nota. No pongas “el piloto automático”.

3. Aprecia lo que realizas. No siempre solemos conseguir lo que pretendemos. Hay que caminar hacia adelante con lo que tenemos.

4. Respeta a las personas que están delante de ti. Si eres profesor, llena de sabiduría a tus alumnos. Si eres alumno, valora el esfuerzo de los que intentan abrirte horizontes.

5. Sé consciente de tus limitaciones. Con ello conseguirás dos cosas: la humildad y el que los demás te puedan ayudar.

6. Encomienda a Dios tus afanes. El te dará la serenidad ante las dificultades, la sabiduría ante los retos, la constancia cuando te ronde la debilidad.

7. Sé persistente en tu responsabilidad. Educar, ni ser educado, es fácil. En el día de mañana se agradecen dos cosas: las personas que se desgastaron por nosotros y los conocimientos adquiridos.

8. Reflexiona sobre los frutos del pasado curso e, intenta, alcanzar aquellos objetivos que no fueron cumplidos.

9. Muéstrate delicado en tus expresiones físicas y verbales. No por ser espontáneo ni duro, somos más personas ni más respetados. Todo lo contrario.

10. Defiende tus ideales cristianos. Que se te vea contento de tu pertenencia a la iglesia de tu amistad con Cristo. Tendrás tu recompensa.

lunes, 23 de febrero de 2015

Oración del alumno


Comienza una nueva etapa en mi vida. 

Sí; Señor. Porque, este momento que voy a inciar, es un período irrepetible. Ya no volverá. 

Lo que no haga, tal vez, nunca tendré la oportunidad de realisarlo

Lo que haga, repercutirá para bien o para mal en un futuro próximo.

Por eso, Señor, quiero que me acompañes en este inicio del curso:

Que me des ILUSIÓN. Para iniciarlo con optimismo y ambición
.
Que me des HUMILDAD. Para acoger todo aquello que sea bueno para mi crecimiento personal, cultural, intelectual y cristiano.

Que me des DOCILIDAD. Para no provocar situaciones que, a la corta o a la larga, puedan condicionar mi vida.

Que me des DELICADEZA. Para tratar con respeto a las personas y a las cosas de alrededor.

Señor;
Tú sólo eres perfecto. Y por ello mismo, porque yo soy hijo tuyo, quisiera que me ayudases a superarme, cada día, en aquello que me haga crecer y prepararme, como persona y como cristiano. 
Amén.

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