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lunes, 24 de agosto de 2015

LA HUMILDAD - Reflexión

Se acercaba mi cumpleaños y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel.

Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver a un hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna.

Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.

Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, por que yo era un hombre al que no le faltaba nada. Tenía mi trabajo, que me producía mucho dinero. Claro que... ¿cómo no iba a producírmelo trabajando tanto?. Tenía mis hijos a los que, gracias a mi esfuerzo, tampoco les faltaba nada y tenían todos los juguetes que quisiesen tener. En fin, gracias a mis interminables horas de trabajo no le faltaba nada a mi familia.

Me acerqué entonces al hombre y le pregunté:

- Caballero, ¿qué pediría usted como deseo en su cumpleaños?

Pensaba yo que el hombre me contestaría que pediría dinero. Así, de paso, yo le daría unos billetes que tenía y realizaría la obra de caridad del año.


No sabe usted mi asombro cuando el hombre me contesta lo siguiente, con la misma sonrisa en su rostro que no se le había borrado y nunca se le borró:

-Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio. Hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre, que se desvivían por darme todo el amor que les era posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor, yo sí y me sentí mejor.

De joven, conocí una chica de la cual me enamoré perdidamente. Un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella. Cuando se marchó, mi corazón sufrió tanto... Recuerdo ese momento y pienso que hay personas que nunca han conocido el amor y me siento mejor.

Un día en este parque, un niño correteando cayó al suelo y comenzó a llorar. Yo fui, lo ayudé a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo, me sentí padre y me sentí feliz porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento.

Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sentirán nunca. Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto.

Mi querido amigo, ¡qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que soy consciente de ello!

Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando. ¿Qué necesitan ellas? Lo mismo que yo, nada... Estamos agradecidos al Cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también.

Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez. Cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Pensé que aquel mendigo era tal vez un ángel enviado por Dios, que me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano... la humildad.


miércoles, 8 de julio de 2015

Equipaje del peregrino

LOS MAPAS… Son el resultado de la experiencia de otros que patearon de mil modos estas tierras. Tengo que reconocer que por mucho que me empeñe, yo no voy a inventarme nada y que la experiencia de guías me resulta imprescindible.

LA CANTIMPLORA…Recuerdas aquellas citas de la Biblia…”Como busca la cierva corrientes de agua…” o “aquella samaritana que bebe en pozos que no sacian su sed interior…”. La cantimplora me recuerda que siempre tengo sed, y que la fuente del corazón, ahí donde habita el buen Dios, a menudo se me enturbia o hasta la dejo secar.

LA ROPA DEL PEREGRINO…La capa de agua, el protector solar y la gorra…me recuerdan que el peregrino lo es siempre sean cuales sena las condiciones climatológicas. El peregrino no se sienta a esperar que haga el tiempo ideal para echarse al hombro la mochila. A veces habrá que ponerse encima la capa de la paciencia para aguantar los chaparrones que nos trae la vida. Y darse cuenta de que el sol aprieta, desgasta, hace sudar y se camina más despacio. Una visera para que el son no nos venza, no nos ciegue, es siempre la misericordia conmigo mismo y con los otros.

EL RESTO DE LA ROPA…Me tiene que llevar a reflexionar que el uniforme de mi camino ha de ser la verdad, la justicia, la fe, sandalias ágiles para el anuncio, la salvación, la palabra de Dios (menos mal que esta va siempre en la mochila de mi corazón…).

LA COMIDA…imprescindible para caminar, para vivir. Me estoy dando cuenta de que si “andando se me abre el apetito”…ser discípulo me debería recordar que necesito hacer la voluntad del Padre, que era el alimento de Jesús, y que era el pan de cada día, que él dejó a sus discípulos peregrinos, debería ir siendo eso, el de cada día.

MOCHILA AL HOMBRO…¡Cuantas cosas llevo en mi mochila!, pero me he dejado otras muchas cosas que no echo de menos en absoluto…Ahora que se van sumando los Kilómetros, los hombros y las piernas empiezan a quejarse y a protestar…El camino me va haciendo descubrir que sólo se camina bien cuando “voy ligero de equipaje”. Ahora empiezo a entender un poco mejor aquella recomendación que Jesús hacía a sus discípulos: “Les encargó que no llevaran más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que calzasen sandalias pero que no llevasen dos túnicas” (Mc 6, 7-9).


viernes, 19 de junio de 2015

La otra mejilla (Reflexión)


Existía un monasterio que estaba ubicado en lo alto de la montaña. Sus monjes eran pobres, pero conservaban en una vitrina tres manuscritos antiguos, muy piadosos. Vivían de su esforzado trabajo rural y fundamentalmente de las limosnas que les dejaban los fieles curiosos que se acercaban a conocer los tres rollos, únicos en el mundo. Eran viejos papiros, con fama universal de importantes y profundos pensamientos.

En cierta oportunidad un ladrón robó dos rollos y se fugó por la ladera. Los monjes avisaron con rapidez al abad. El superior, como un rayo, buscó la parte que había quedado y con todas sus fuerzas corrió tras el agresor y lo alcanzó: "¿Qué has hecho? Me has dejado con un solo rollo. No me sirve. Nadie va a venir a leer un mensaje que está incompleto. Tampoco tiene valor lo que me robaste. O me das lo que es del templo o te llevas también este texto. Así tienes la obra completa." "Padre, estoy desesperado, necesito urgente hacer dinero con estos escritos santos".El abad le dijo "Bueno, toma el tercer rollo. Si no se va a perder en el mundo algo muy valioso. Véndelo bien. Estamos en paz." y lo dejó ir con el tesoro.

Los monjes no llegaron a comprender la actitud del abad. Estimaron que se había comportado débil con el rapaz, y que era el monasterio el que había perdido. Pero guardaron silencio, y todos dieron por terminado el episodio.

Cuenta la historia que a la semana , el ladrón regresó. Pidió hablar con el Padre Superior: " Aquí están los tres rollos, no son míos. Los devuelvo. Te pido en cambio que me permitas ingresar como monje. Cuando me alcanzaste, todo me esperaba menos que tuvieras la generosidad como para darme el tercer rollo, la confianza en mí como para creer el valor de mi necesidad y que todavía me dijeras que estábamos en paz, perdonándome con mucha sinceridad. Eso me ha hecho cambiar. Mi vida se ha transformado".

Nunca ese hombre, había sentido la grandeza del perdón, la presencia de la generosidad excelente. El abad recuperó los tres manuscritos para beneficio del monasterio, ahora mucho más concurrido por la leyenda del robo y del resarcimiento. Y además consiguió un monje trabajador y de una honestidad a toda prueba. El agresor espera agresión, no una respuesta creativa, inesperada, insólita. No sospecha, la conmoción, del poder incalculable de poner la otra mejilla.

domingo, 14 de junio de 2015

Un corazón grande

Señor, para poder servirte mejor,
dame un noble corazón.
Un corazón fuerte,
para aspirar por los altos ideales
y no por opciones mediocres.

Un corazón generoso en el trabajo,
viendo en él no una imposición
sino una misión que me confías.

Un corazón grande en el sufrimiento,
siendo valiente soldado ante mi propia cruz
y sensible cireneo para la cruz de los demás.

Un corazón grande para con el mundo,
siendo comprensivo para con sus fragilidades
pero inmune a sus máximas y seducciones.

Un corazón grande con los hombres,
leal y atento para con todos,
pero especialmente servicial y dedicado
a los pequeños y humildes.

Un corazón nunca centrado sobre mí,
siempre apoyado en Vos,
feliz de servirte y servir a mis hermanos,
Señor, todos los días de mi vida.

Ignacio Larrañaga

lunes, 25 de mayo de 2015

El Carpintero


Un viejo carpintero estaba listo para retirarse. Le comunicó a su jefe sus planes de dejar el trabajo en la industria de la construcción de casas y vivir una vida mas placentera con su esposa y su familia. El echaría de menos el salario que recibía pero quería retirarse.

El jefe estaba triste de ver que un buen empleado se retiraba y le pidió, como favor personal, que construyera una última casa. El carpintero dijo que sí pero con el tiempo se vio que su corazón y su esfuerzo no estaban en el trabajo. No hizo bien su labor y seleccionó materiales de baja calidad. Fue la peor casa que había construido en su vida.

Fue una manera infortunada de terminar su carrera. Cuando el carpintero terminó el trabajo y el jefe vino a inspeccionar, le abrió la puerta al carpintero, lo invitó a seguir y le dijo "Esta es tu casa, mi regalo para ti".
¡Qué lástima! ¡Qué arrepentimiento! "Si hubiera sabido que esta casa iba a ser para mí, la construyo de manera diferente" dijo el carpintero.
Ahora tenía que vivir en la casa que él mismo había construido y era un desastre.

Lo mismo sucede con nosotros. Construimos nuestra vida de una manera displicente, de una manera reactiva en lugar de positiva. Esperamos en lugar de actuar. Ponemos mucho menos de lo que tenemos en nuestros esfuerzos y vivimos en una permanente queja tratando de culpar a los demás de nuestra situación.

En cosas importantes, con la familia, amigos, el trabajo, etc., no damos lo mejor que tenemos. Entonces, con sorpresa, nos encontramos viviendo en la casa que nosotros mismos hemos construído. "Si lo hubiera sabido, habría actuado diferente" pensamos.

Piense en Ud. mismo como el carpintero. Piense acerca de su casa. Cada día, cuando tenga que clavar un clavo o levantar una pared, hágalo sabiamente, hágalo con amor y dé lo mejor que tiene. Es la única vida que llegará a construir. Aún si vive solo por un día más, ese día merece vivirse de una manera digna y gratificante.


"LA VIDA ES UN PROYECTO DE AUTOCONSTRUCCIÓN". Su vida hoy es el resultado de sus actitudes y decisiones del pasado. Su vida mañana será el resultado de sus actitudes y decisiones de hoy.



martes, 12 de mayo de 2015

Oración para niños al Beato Álvaro del Portillo



Jesús, Tú que amaste al beato Álvaro: ayúdame a quererte mucho, como él te quiso a Ti, a la Virgen María y a san José.

Don Álvaro: Ayúdame a ser obediente a mis padres y profesores. Ayúdame a portarme bien con mis hermanos y mis amigos. Ayúdame a estudiar mucho también cuando no tenga ganas, y a ser muy generoso con los demás.

Ahora reza el Padrenuestro 
(Padre nuestro, que estás en el cielo...).

Con licencia eclesiástica

http://opusdei.es/es-es/article/rezar-a-don-alvaro/

sábado, 2 de mayo de 2015

El arte de la felicidad




La felicidad no depende de lo que pasa a nuestro alrededor... sino de lo que pasa dentro de nosotros. La felicidad se mide por el espíritu, con el que nos enfrentamos a los problemas de la vida.

La felicidad...¡es un asunto de valentía!; es tan fácil sentirse deprimido y desesperado... La felicidad...¡es un estado de ánimo! no somos felices en tanto no decidamos serlo.

La felicidad...¡no consiste en hacer siempre lo que queramos!; pero sí en querer todo lo que hagamos.

La felicidad nace de poner nuestro corazón en el trabajo... y de hacerlo con alegría y entusiasmo. La felicidad, no tiene recetas... cada quien la cocina con el sazón de su propia meditación.

La felicidad no es una posada en el camino, es la forma de caminar por la vida!

sábado, 21 de marzo de 2015

¿Y cómo puedo educar a mi hijo?



El sacerdote estaba fuera de la iglesia. Saludó a Manuel, un parroquiano al que conocía desde niño, y le preguntó por la familia.

        —Mi mujer muy contenta, gracias a Dios. ¿Los niños? La pequeña ya pronto cumple 3 años, y sigue muy obediente en todo. En cambio, no sé qué hacer con el que tiene 5 años.

        —¿Le ocurre algo?

        —Llora continuamente. Cuando le pegan en la escuela no sabe defenderse y se encierra en sí mismo. Otras veces en casa llora apenas le decimos que no a algo que quiere.

—Habla con él. No “de hombre a hombre”, pero sí como papá.

—Lo hago en ocasiones. Comprenda que llego tarde y cansado del trabajo. 

Busco un momento para ver si le pasa algo, si puedo darle un consejo. Pero lo siento distante. Parece que no encontramos un modo para entrar “en sintonía”. Me escucha, pero no sé si me comprende. Tampoco sé si acepta lo que le digo, o si tiene algo dentro de sí que le hace encerrarse cada vez más en sí mismo.

        El sacerdote quedó un momento en silencio. No era la primera vez que escuchaba a un padre de familia con problemas a la hora de hablar con sus hijos. Y los problemas siempre se hacían mucho más serios cuando llegaba la adolescencia.

        Luego, como si hubiera recibido una luz superior, abrió los ojos y miró a su amigo.

        —Mira, Manuel, estamos ante algo que puede ser normal o que puede ser más serio. Pero en los dos casos, tenemos un camino muy grande, como cristianos, para vivir cualquier situación familiar: la oración continua con el Espíritu Santo.

        —No crea que no rezo por mi familia, especialmente por el mayor.

        —Sí, eso es muy, muy importante. Pero lo que quiero decir es otra cosa. Se trata de rezar así: “Espíritu Santo, ayúdame a comprender a cada uno de los miembros de mi familia. Ayúdame a escuchar lo que hay en el corazón de cada uno. Ayúdame a saber cuándo debo callar y cuándo debo hablar. Dame luz para que sepa decir a cada uno lo que más necesite, para escuchar con cariño a todos”.

        —Es una oración muy bonita. De verdad es que tenemos un Consuelo muy especial en el Espíritu Santo.

        —Y un Amigo que sabe dar mucha más luz de la que imaginamos. Por eso, cuando vas a hablar con tu hijo, comenta con el Espíritu Santo qué puedes preguntar, cómo comprender mejor al hijo, qué decir y cómo decirlo. Verás que te da una gran ayuda.

        —Sí, la necesito, pues eso de ser padre es como una nueva carrera. Yo pensaba de mí que era una persona madura, que ya sabía lo que es la vida. Sin embargo, tengo que aprender continuamente nuevas cosas a la hora de tratar con los hijos.

        —La verdad es que siempre estamos aprendiendo, Manuel. También yo, como sacerdote, necesito “estar al día” para afrontar los mil problemas de la vida de tantas personas. Pero lo importante es no dejar de lado lo esencial. Tú, yo, tu hijo, todos, vivimos desde el Amor de Dios y caminamos hacia el Amor de Dios. Si nos acercamos a Dios, si le “tomamos la mano”, se hace un poco más fácil el camino.

        —Gracias, padre. Ya me esperan en el coche. Rece por mí y por mi familia.


        —Rezo siempre por todos. Ojalá que así, en la oración, nos encontremos siempre unidos. Por cierto, ¿rezas con tu hijo? Verás que es una de las experiencias más bonitas. Incluso la más “educativa”, pues así no sólo tú rezas por el hijo, sino que rezas con el hijo y con todos. El Espíritu Santo no puede desoír la oración de una familia. Y si puede entrar entre vosotros, encontrarás fácilmente nuevos caminos para hablar con tu hijo, y tu hijo tendrá cada vez mayor confianza y alegría de vivir entre unos padres que lo aman y que le ayudan a amar a Dios.


Fernando Pascual, L.C.

martes, 10 de marzo de 2015

El cuaderno rojo


El cartero le entregó el telegrama y mientras Roberto le daba las gracias y empezaba a leerlo, no podía evitar que su cara mostrara una expresión de sorpresa más que de dolor.
Eran unas palabras breves y precisas: “Tu padre falleció. Lo sepultaremos mañana a las 18 horas. Mamá”

Roberto se quedó como estaba, de pie y mirando al vacío.

No sintió dolor, ni derramó ninguna lágrima, era como si hubiera muerto un extraño.
¿Por qué no sentía nada por la muerte de su padre?
Con un torbellino de pensamientos confusos en su mente, avisó a su esposa y emprendió viaje hacia la casa de sus padres. Mientras viajaba en silencio sus pensamientos pasaban por su mente a toda velocidad.
No tenía deseos de ir al funeral, sólo lo hacía para acompañar a su madre y tratar de aliviar su tristeza. 
Ella sabía que padre e hijo no se llevaban bien, desde aquel día de lluvia en que una serie de acusaciones mutuas, obligó a Roberto a irse para no volver nunca más.
Pasaron los años y Roberto vivía cómodamente. Se había casado y formado una familia, pero sólo se acordaba de su madre para su cumpleaños o alguna festividad.
A su padre sin embrago lo había borrado de su mente. Desde aquel fatídico día jamás lo vio ni habló con él. Jamás pudo superar el odio que sentía hacia él.
En el velatorio se encontró con pocas personas. En un rincón del salón vio a su madre pálida, débil. Se notaba que había sufrido mucho. Tal vez porque siempre deseó que las cosas terminaran de otra manera.
Cuando vio a su hijo, lo abrazó mientras lloraba silenciosamente, fue como si de pronto hubiera perdido toda esperanza.
Después, Roberto vio el cuerpo sereno de su padre. Estaba envuelto por un manto de rosas rojas, como las que al padre le gustaba cultivar. Pero de los ojos de Roberto no cayó una sola lágrima, su corazón herido no se lo permitía.
Se quedó con su madre hasta la noche, la besó y le prometió que regresaría con sus hijos y su esposa para que los conociera.
Ahora, por fin podría volver a su casa, porque aquella persona que tanto había odiado, ya no estaba en este mundo. Era el fin de la humillación, de las críticas, de los consejos ácidos de un sabelotodo. Por fin podría reinar esa paz que siempre quiso experimentar. 
En el momento de la despedida la madre le colocó algo pequeño y rectangular en la mano
-Hace mucho tiempo podrías haberlo recibido, le dijo. Pero, sólo después de que él murió lo encontré entre sus cosas más importantes.
Roberto no le dio mucha importancia y emprendió el viaje de regreso. Unos minutos después de haber comenzado el viaje, se acordó y quiso averiguar de qué se trataba lo que le había entregado su madre.
Después de desenvolverlo con cuidado vio un pequeño cuaderno de tapa roja.
Era un libro viejo y sus páginas habían quedado amarillentas por el paso de los años y al abrirlo pudo leer en su primera página algo que había escrito su padre:

• Hoy nació Roberto, pesó casi cuatro kilos. ¡Es mi primer hijo, estoy muy feliz y mi corazón salta de alegría!

El relato continuó apasionando a Roberto, que con un nudo en la garganta, seguía leyendo:

• Hoy, mi hijo fue por primera vez a la escuela. Es todo un hombrecito. Cuando lo vi con el uniforme, me emocioné tanto que no pude contener las lágrimas. Le pido a Dios que lo guarde y le de sabiduría para ser un hombre de bien.

La emoción de Roberto iba en aumento y el dolor de su corazón cada vez era más intenso, mientras por su mente comenzaban a resurgir imágenes del pasado.

• Roberto me pidió una bicicleta, mi salario no es suficiente, pero él se la merece porque es muy estudioso y dedicado.
• Así que pedí un préstamo y se la compré. Espero poder pagarlo con las horas extras.
• La vida de mi hijo será diferente a la mía, yo no pude estudiar. Desde niño me vi obligado a ayudar a mi padre, pero deseo con todo mi corazón que mi hijo no sufra ni padezca situaciones como las que yo viví.

Roberto no podía creer lo que estaba leyendo, era como si un mar de dolor inundara su conciencia. Vinieron a su mente los recuerdos de su adolescencia, como se quejaba a su padre por no tener bicicleta como sus amigos… y continuó leyendo.

• Es muy duro para un padre tener que castigar a su hijo, sé que me odiará por esto, pero es la forma en que creo debo educarlo para su propio bien.
• Fue así como aprendí a ser un hombre honrado y esa es la única forma en que soy capaz de educarlo.

Roberto cerró los ojos y recordó la noche cuando por causa de una fiesta en su juventud hubiera podido ir a la cárcel. De hecho todos sus amigos pasaron la noche allí. Sólo lo evitó, el que su padre, precisamente esa noche, no le permitió ir al baile con sus amigos.
También recordó otra oportunidad en la que no le concedió permiso para salir. Esa vez el auto en el que debía haber estado, chocó y quedó totalmente destrozado contra un árbol. Le parecía casi oír las sirenas y el llanto de toda la ciudad mientras sus cuatro amigos eran llevados al cementerio.
Las páginas se sucedían con todo tipo de anotaciones, llenas de respuestas que revelaban en silencio, la tristeza de un padre que lo había amado tanto.

Por fin llegó a la última página y leyó:

Son las tres de la mañana, ¿Dios, qué hice mal para que mi hijo me odie tanto?
¿Por qué soy considerado culpable, si no hice nada de malo, solo intenté educarlo para que fuera un hombre de bien?
Mi Dios, no permitas que esta injusticia me atormente para siempre.
Te pido perdón si no he sido el padre que él merecía tener y deseo de todo corazón que me comprenda y me perdone.

Estas fueron las últimas palabras de un hombre que, aunque nadie le había enseñado, a su manera intentó ser el mejor padre.
El mundo quizás podía verle como demasiado duro o intransigente, pero en lo más íntimo de su ser había un hombre tierno y lleno del amor de Dios, que nunca supo como expresarlo ni a su propia familia.
La aurora rompía el cielo y un nuevo día comenzaba, Roberto cerró el cuaderno, se bajó en la primera estación y regresó de nuevo hacia donde habían vivido sus padres.
Regresó quizás deseoso de que todo hubiera sido un mal sueño, de poder encontrar a su padre con vida y pedirle perdón por todo el mal que le hizo, pero no...
Gritó frente a su tumba, hubiera querido poder abrazarlo, pero solo encontró un profundo silencio.
Destrozado, fue a ver a su madre. Antes de entrar en la casa vio una rosa roja en el jardín; acarició sus pétalos y recordó como su padre las cuidaba con tanto amor. Esta fue la manera de encontrar paz en su corazón, ya que mientras acariciaba esa rosa, sintió como si acariciara las manos de su padre y descargara su dolor para siempre. Calmado ya, con voz suave se dirigió a su padre muerto: “Si Dios me mandara a elegir, no quisiera tener otro padre que no fueras tú. Gracias por tanto amor y perdóname por haber sido tan ciego”
Esta lección le hizo reflexionar, ya que él también era padre y se dio cuenta de que no estaba dando lo mejor de si, ya que las ocupaciones, los problemas y el stress, habían creado un silencio entre él y sus hijos.
A partir de ahora, decidió que su vida cambiaría radicalmente y que se compraría un cuaderno de tapa roja para poder anotar cada una de las historias que a partir de ese momento sucedieran en su familia.
“La adolescencia y la juventud son los únicos problemas que sólo se solucionan con el tiempo”
.



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