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jueves, 10 de noviembre de 2016

La raíz del laurel


Cerca de un arroyo de aguas frescas, había un pequeño bosque. Los árboles eran muy variados. Todos gastaban las energías en ser más altos y grandes, con muchas flores y perfumes, pero quedaban débiles y tenían poca fuerza para echar raíz.

En cambio un laurel dijo: "Yo, mejor voy a invertir mi savia en tener una buena raíz; así creceré y podré dar mis hojas a todos los que me necesiten".

Los otros árboles estaban muy orgullosos de ser bellos; ¡en ningún lado había tantos colores y perfumes! Y no dejaban de admirarse y de hablar de los encantos de unos y otros, y así, todo el tiempo, mirándose y riéndose de los demás.

El laurel sufría a cada instante esas burlas. Se reían de él, presumiendo de sus flores, perfumes y abundante ramaje. -"¡Laurel!", le decían, "¿para qué quieres tanta raíz? Mira, a nosotros todos nos alaban porque tenemos poca raíz y mucha belleza. ¡Deja de pensar en los demás! ¡Preocúpate sólo de ti!"

Pero el laurel estaba convencido de lo contrario; deseaba amar a los demás y por eso tenía raíces fuertes.


Un buen día, vino una gran tormenta, y sacudió, sopló y resopló sobre el bosque. Los árboles más grandes, que tenían un ramaje inmenso, se vieron tan fuertemente golpeados que por más que gritaban no pudieron evitar que el viento los tumbara. En cambio el pequeño laurel, como tenía pocas ramas y mucha raíz, apenas sí perdió unas cuantas hojas. Entonces todos comprendieron que lo que nos mantiene firmes en los momentos difíciles no son las apariencias, sino lo que está oculto en las raíces, dentro de tu corazón, allí en tu alma... tu fe.


lunes, 10 de junio de 2013

EL ARBOL CONFUNDIDO


Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.

Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: “No sabía quién era.”
“Lo que te falta es concentración”, le decía el manzano, “si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ve que fácil es?”

- No lo escuches, exigía el rosal. Es más sencillo tener rosas y “¿Ves que bellas son?”

Y el árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

 Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

- No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución. No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tú mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior. Y dicho esto, el búho desapareció.

- ¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…?, se preguntaba el árbol desesperado, cuando de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:

- Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje… Tienes una misión “Cúmplela”. Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos.

Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Y tú… ¿dejas crecer el roble que hay en ti? En la vida, todos tienen un propósito que cumplir, un espacio que llenar.

No permitas que nada ni nadie te impida conocer y compartir la maravillosa esencia de tú ser.

Pero sobre todo recuerda, jamás podrás conocer el propósito de tu vida si no rindes tu corazón a Aquel quién te creo. Conocer a Dios es encontrar el propósito de Dios para nuestra vida.



Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Dios está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará. (Salmos 1:1-3)

sábado, 9 de marzo de 2013

Los ojos que vieron la Luz


En la lejana Palestina, hace más de dos mil años, una niña llamada Judith se sentaba al lado de un pozo, todas las mañanas, para pedir limosnas.
Tras la muerte de su madre vivía sólo con su padre, quien la llevaba todos los días allí para conseguir el sustento de ambos. La joven era ciega de nacimiento. Sin embargo, su desgracia no le hacía perder el ánimo. Ayudaba a las caravanas, siempre alegre y bien dispuesta, a extraer agua, mientras cantaba bonitas canciones, y con eso iba ganando algo de dinero, que enseguida era recogido con avidez por su progenitor. La destreza con la que sacaba el agua y la sencillez de su corazón conquistaban la admiración de los viajantes, que encontraban en la inocencia de esa alma infantil el mejor refrigerio para sus fatigas.
1.jpgEn las horas en que se quedada a solas, Judith era un espectáculo para los ángeles. Tener la infelicidad de no poder ver las bellezas creadas no le impedía anhelar la venida del Mesías. Al contrario, algo le hacía sentir en el fondo de su alma que ese momento estaba cercano. Un día, cuando estaba en su sitio habitual, oyó las voces de un hombre y de una joven mujer. Con el edicto promulgado por César Augusto el movimiento de transeúntes había aumentado bastante y seguramente aquel matrimonio iría a inscribirse en la tierra de sus antepasados. Servicial como siempre, se ofreció de muy buena gana a proporcionarles agua, y les preguntó con cortesía:
- ¿También estáis viajando vos por lo del empadronamiento?
- Sí, pequeña, respondió el hombre. Me llamo José. Soy de la casa de David y voy a Belén con mi esposa, María, que está encinta.
El tono grave y bondadoso de su voz penetró en el fondo del alma de la ciega muchachita. Cerca de ellos se sentía llena de paz y alegría. Y la noble señora, como adivinando sus sentimientos, le acarició su cabeza diciéndole:
- Muy pronto, una Luz brillará en las tinieblas de este mundo. Y a causa de esa Luz te prometo que verás con tus propios ojos las maravillas creadas por Dios.
Transcurrieron varios meses desde entonces y la vida junto al pozo continuaba siendo la misma... No obstante, la pequeña conservaba en su corazón la promesa de esa señora. Pensando en ella, canturreaba alegremente cuando una tarde fue interrumpida por el típico ruido de animales.
- Niña, ¿qué haces aquí solita?, le preguntó una persona con acento extranjero.
- Canto y saco agua de este pozo para ayudar a mi padre. Pero decidme: ¿quién sois vos? ¿De dónde venís? He oído una música y un tropel y he pensado que sería una caravana.
- Has juzgado bien. Formo parte del séquito del rey Melchor, que regresa a Oriente. He tenido que parar para dar de beber a mi caballo y debo reunirme con la comitiva tan pronto como se recupere del esfuerzo.
- ¿Y qué ha llevado a un rey, como vuestro amo, a emprender tan largo viaje?
- ¿Cómo preguntas eso? ¿Serás la única en Israel que no sabe lo del nacimiento del Rey de los judíos en Belén?
- ¡El Rey de los judíos!, exclamó Judith, mientras su corazón latía con fuerza.
- Sí. Es un niño bellísimo y majestuoso. Cuando mi señor lo vio, se prostró ante Él y lo adoró. Después se dirigió a su madre, María, y le rogó se dignase aceptar el oro que le habíamos traído.
2.jpgLa niña escuchaba boquiabierta mientras el paje continuaba narrándole las peripecias del viaje: la prodigiosa estrella que se les apareció, la conversación con Herodes y los sacerdotes, la llegada a Belén, el aviso recibido en sueños aconsejándoles volver por otro camino...
Cuando se marchó, un torbellino de ideas giraba en la mente de Judith. Aquel niño de Belén ¿no sería el Mesías esperado? Y su madre, ¿no decía el paje que se llamaba María, como la bondadosa Señora que había conocido? Con todo, no era posible que Ella viajase en un pobre jumento, acompañada tan sólo por su esposo. Debía tratarse de una mera coincidencia...
Pasaron algunos meses más y los viajeros que frecuentaban el pozo empezaron a contarle terribles acontecimientos: el rey Herodes, por recelo de perder el trono, había ordenado matar a todos los niños menores de dos años. Judea entera estaba transida de dolor y bañada en sangre inocente...
"¿Cómo podía un rey tan poderoso tener miedo de un niño indefenso?", se preguntaba la chiquilla. "¿Cómo era posible siquiera concebir una orden tan cruel y arbitraria? ¿Qué habría ocurrido con el Rey de los judíos? ¿Y con el hijo de María?".
A partir de esas noticias, el canto de Judith pasó a ser menos alegre. Su fe, no obstante, no había disminuido. El timbre suave de las palabras de la distinguida dama le volvía una y otra vez a su mente. "Señora -le decía en su interior- no me he olvidado de vuestra promesa".
Una fresca mañana la joven oyó unas voces conocidas. El corazón le salía del pecho y tuvo que contenerse para no salir corriendo al encuentro de esas personas... porque se acordó que era ciega. Sin embargo, pronto se disipó cualquier duda. Se trataba, de hecho, de José y de María, que iban camino de Egipto huyendo de Herodes.
En esta ocasión no viajaban solos: un niño fuera de lo común les acompañaba, el cual jugaba elegantemente con un lirio blanco que llevaba en la mano. Aunque Judith no lo veía, por un misterioso sexto sentido percibía su presencia y fue acercándose a Él poco a poco. El niño la miraba con amor y, cuando ya estaba muy cerca, le entregó, con una sonrisa, su albísima y perfumada flor, tocándole la mano.
- ¡Un lirio en el desierto!, exclamó al recibirlo. ¡Con esa fragancia y textura! Y con estos pétalos tan blancos y lindos como nunca se ha visto... Por un momento se quedó paralizada... ¡Sus ojos veían la luz! Podía admirar la azucena que el niño le había dado, contemplar al venerable varón, cuya voz le reconfortaba el alma, deleitarse con el rostro fulgurante de aquella señora inmaculada.
Más que eso, veía sentado en los brazos de su madre, como en el más valioso de los tronos, al Mesías cuya venida tanto había suspirado. La promesa de María se había cumplido. Ante la Luz del mundo, los ojos de la niña inocente comenzaron a ver la luz.

Por Emelly Tainara Schnorr

sábado, 5 de enero de 2013

Los tres Reyes Magos de Oriente existen

 Cuento

-Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes Magos que venía de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarlo. Le trajeron regalos como prueba de amor y respeto. El Niño parecía tan contento que el más anciano de los tres Melchor dijo:
-Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Tendríamos que traer regalos para todos los niños del Mundo, así todos serian igual de felices.
-Oh, eso sería fantástico respondió Gaspar. Es muy buena idea, pero es muy difícil de llevar a cabo, hay miles y miles de niños repartidos por todo el Mundo y no podemos llevarles regalos a todos.
Baltasar, el tercer Rey dijo:
-Es verdad, estoy de acuerdo con vosotros sería fantástico, pero Gaspar tiene razón, aunque seamos magos, ya somos un poco viejos y nos resultaría un poco difícil.
Los tres Reyes Magos se pusieron tristes al pensar que no podrían realizar su tan ansioso deseo. El Niño Jesús, que desde su pobre pesebre les estaba escuchando muy atentamente, y mientras sonreía una voz se escucho en el Portal.
-Soy muy buenos, estimados Reyes Magos, y os agradezco todos vuestros regalos. Os ayudaré a realizar tan honroso deseo. Decidme, ¿Qué necesitáis para llevar los regalos a todos los niños del Mundo?
-Oh Señor! –dijeron los tres Reyes Magos arrodillándose- necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno por niño y esto es imposible.
-No os preocupéis –dijo Dios- , yo os daré no uno, sino dos pajes para cada niño del Mundo.
-Sería fantástico!, pero ¿Cómo lo podéis conseguir?, ¿Es eso posible?
-Decidme, ¿no es cierto que los pajes han de conocer y querer mucho a los niños?
-Sí, claro esto es imprescindible.
-Y, no es verdad que los pajes han de conocer al niño.
-Sí, claro esto también es cierto.
-Entonces decidme, apreciados Reyes Magos, hay alguien capaz de amar y conocer más a los niños que sus propios padres?



Entonces los Reyes se miraron y asintiendo con la cabeza empezaron a comprender.

Ordeno que por Navidad, conmemorando este agradable acontecimiento, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre y de parte vuestra, regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que mientras los niños sean pequeños los regalos se entreguen como si fueran los propios tres Reyes Magos que estáis ahora aquí. Pero cuando el niño ya sea mayor, los niños harán regalos a los padres en prueba de afecto.
Así se dispuso y así se sigue recordando.


http://cartadelosreyesmagos.org/los-tres-reyes-magos-de-oriente-existen-23/

martes, 21 de diciembre de 2010

El niño que lo quería todo

Había una vez un niño que se llamaba Jorge, su madre María y el padre Juan. En el día de losReyes Magos se pidió más de veinte cosas. Su madre le dijo: Pero tú comprendes que… mira te voy a decir que los Reyes Magos tienen camellos, no camiones, segundo, no te caben en tu habitación, y, tercero, mira otros niños… tú piensa en los otros niños, y no te enfades porque tienes que pedir menos.
4af82e969e53fe464599353faaaafb8f Cuento corto de Navidad para niños, El niño que lo queria todoEl niño se enfadó y se fue a su habitación. Y dice su padre a María: Ay, se quiere pedir casi una tienda entera, y su habitación está llena de juguetes.
María dijo que sí con la cabeza. El niño dijo con la voz baja: Es verdad lo que ha dicho mamá, debo de hacerles caso, soy muy malo.
Llegó la hora de ir al colegio y dijo la profesora: Vamos a ver, Jorge, dinos cuántas cosas te has pedido.
Y dijo bajito: Veinticinco. La profesora se calló. Cuando terminó todos se fueron y la señorita le dijo a Jorge que no tenía que pedir tanto. Cuando sus padres se tuvieron que ir, Jorge cambió inmediatamente la carta, aunque se pidió quince cosas. Cuando llegaron sus padres les dijo que había quitado diez cosas de la lista. Los padres pensaron: Bueno, no está mal.
Y dijeron: ¿Y eso lo vas a compartir con tus amigos?
Jorge dijo: No, porque son míos y no los quiero compartir.
Se dieron cuenta de que no tenía ni Belén ni árbol de Navidad. Y fueron a una tienda, pero se habían agotado. Fueron a todas partes, pero nada. El niño mientras iba en el coche vio una estrella y rezó esto: Ya sé que no rezo mucho, perdón, pero quiero encontrar un Belén y un árbol de Navidad. De pronto, se les paró el coche, se bajaron, y se les apareció un ángel que dijo a Jorge: Has sido muy bueno en quitar cosas de la lista así que os daré el Belén y el árbol. Pasaron tres minutos y continuó el ángel: Miren en el maletero y veréis. Mientras el ángel se fue. Juan dijo: ¡Eh, muchas gracias! Pero, ¿qué pasa con el coche? Y dijo la madre: ¡Anda, si ya funciona! ¡Se ha encendido solo! Y el padre dio las gracias de nuevo.
Por fin llegó el día tan esperado, el día de los Reyes Magos. Cuando Jorge se levantó y fue a ver los regalos que le habían traído, se llevó una gran sorpresa. Le habían traído las veinticinco cosas de la lista. Enseguida, despertó a sus padres y les dijo que quería repartir sus juguetes con los niños más pobres.
Pasó una semana y el niño trajo a casa a muchos niños pobres. La madre de Jorge hizo el chocolate y pasteles para todos. Todos fueron muy felices. Y colorín, colorado, este cuento se a acabado.


Fuente: Cucaluna
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